Manuel Jabois: En qué otra cosa podíamos pensar | Fútbol | Deportes

Atlético de Madrid, Barcelona y Real Madrid juegan esta semana los partidos más importantes del año. Contra tres rivales gigantes, en escenarios grandiosos, y con millones de aficionados delante de la televisión. Los ansiosos devoraremos hoy y mañana las previas, los análisis, las opiniones, las tertulias, la letra pequeña del más pequeño de los diarios deportivos de nuestro país y del país del club al que nos enfrentamos; algunos volveremos a eso tan infantil de jugar el partido en cada gesto de nuestro día a día (¿hay que hacer una llamada de trabajo? Si coge antes del tercer pitido, ganamos). Entre esos análisis siempre aparece deambulando una verdad: los detalles mínimos, todo aquello que se escapa a la razón de los entrenadores e incluso de los jugadores; una amarilla tonta en el primer minuto, un rechace, un error arbitral en un saque de banda, una pierna que sale a por el balón medio segundo más tarde y hace penalti. Y todo esto es lo que vemos (veremos) en directo.

Pero en previas tan largas y minuciosas como las de estos partidos, tan transparentes para el aficionado, transcurren otras en paralelo de las que nada sabemos. Yo me acuerdo mucho, por ejemplo, de lo que le ocurrió a Jacobo Fandiño el día de su presentación en el Atlético Mediterráneo. Fandiño es el protagonista de la novela de Sergio V. Jodar (Moneda al aire, Panenka); en su primer día como jugador del Atlético Mediterráneo salió de casa sin cagar. Jugador de disciplina severa en sus mañanas (plátano, vaso de agua caliente, café sin azúcar y dos tostadas, una de ellas obviamente de aguacate), se iba siempre al baño 18 minutos después de desayunar con la seguridad de que quien sale de casa sin evacuar no es hombre de quien uno se pueda fiar. No ese día. Así, en su paseo por su nuevo estadio trata de ir al baño un par de veces (“para verlos”), y cuando por fin consigue entrar en uno, se sienta en la taza del váter y lee en un diario lo que el entrenador ha dicho de él: “Pedí unas natillas y me han traído un flan”. Los toques con el balón en el césped no fueron mejor: su presentación es la tercera en el ránking de las más ridículas de YouTube.

¿Qué sabemos nosotros de los once tipos de los que depende nuestra felicidad este martes y este miércoles? Nada. Podríamos pensar que sus circunstancias privadas podrían tener efecto en su vida pública, o sea en el campo. Hace muchos años se contó un rumor de que un jugador pidió el cambio en el descanso y se fue corriendo a su casa porque tenía la seguridad de que su mujer le engañaba aprovechando los partidos de él (era claramente una trola ridícula: ¿no era más seguro hacerlo cuando él viajase con el equipo?). Podríamos pensar, también, que quizá haya quien esta semana en el campo recuerde el ingreso hospitalario de un familiar, una inversión feliz o ruinosa, una boda próxima con la mujer de la que están enamorados, un dolor estomacal y el recuerdo (sudores helados) de que esta mañana no han pasado por el baño. Pues bien, no debería preocuparnos.

Horas antes de la final de un Mundial, Ronaldo Nazario sufrió un ataque que nadie supo nunca a qué se debió; lo llevaron al hospital, lo sacaron de la alineación, lo devolvieron al campo sin saber qué le había pasado y si se volvería a repetir, pero esta vez en el césped y delante de cientos de millones de personas. “¿Pensó en algún momento en eso?”, le preguntó EL PAÍS. “No. Definitivamente. Yo buscaba posibilidades para marcar goles, para librarme del defensa, moverme en el campo buscando la oportunidad de hacer daño. La cabeza está exclusivamente dentro del partido. ¡Una final de la Copa del Mundo! ¿En qué otra cosa podía pensar?”.

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